7 nov 2012

Los bufones de Velázquez


Don Cristóbal de Castañeda y Pernía, Barbarroja,  el bufón principal en la corte entre 1633 y 1649,  magistralmente retratado por Velázquez. Su vestido casi parece turco; el peinado recuerda un gorro de loco. Con expresión furibunda, mira a la lejanía, mientras que mantiene asida con fuerza la vaina vacía.
El hecho de que en el cuadro se aprecien dos estilos diferentes, hace pensar que Velázquez dejó el cuadro inacabado, y algún otro pintor se encargó de rematarlo. No cuadra el estilo libre y abocetado de la figura con el del manto gris que cuelga de su hombro izquierdo, más apurado, con un estilo casi escultórico.

Cristóbal era un bufón cuya gracia consistía en realizar gestos amenazantes y emplear una jerga soldadesca, por lo que interpretaba a Barbarroja en la parodia de la batalla de Lepanto que se realizaba en palacio.








Ese gesto fanfarrón ha sido perfectamente captado por el maestro, tanto en su rostro, con la mirada penetrante, como en la actitud del personaje. Su marcha de la corte se debió al destierro que le impuso el Conde-Duque de Olivares por hacer una gracia con su persona. Habiendo preguntado Felipe IV al bufón sí había olivas en Balsaín, tierra de pinares en las cercanías de Segovia, éste contesto: "Señor, ni olivas ni olivares".

El cuadro original es un ejemplo más de la ingeniosa viveza que poseía Velázquez en la elección de sus personajes.





 
El bufón don diego de Acedo, el Primo, 1645
Óleo s/ lienzo, 106x83 cm.
Museo del Prado. Madrid
En este cuadro de D. Diego de Acedo hay como una burla del mundo de genealogistas y rebuscadores de ascendencias que pululaban en la España de su tiempo. Gruesos folios forman el escenario de este curioso personaje que parece conocer al dedillo árboles genealógicos y ejecutorias de nobleza.

La grave ropa negra e incluso el tono de ausente dignidad de su rostro ido le hacen quizás el más severo y cortesano de la serie de los bufones.

El Primo está sentado en una piedra y rodeado de libros, seguramente relativos a su oficio, que, por el tamaño, contrastan con su figura menuda.

Al fondo hay un paisaje de la sierra de Guadarrama similar a los de los retratos de caza.

La cabeza se destaca con fuerza, iluminada, entre el traje y el sombrero, ambos de un negro intenso y lleno de matices, en el que se pueden distinguir los brocados.
La cara del primo es quizá la más clara y más trabajada de la serie, destacando los tonos anaranjados de la misma sobre el negro del traje y el sombrero. Sobre una base clara, el pintor modela con manchas más oscuras y pinta, de forma superficial y con capas muy delgadas, el bigote y el pelo.

 
Está pintado  con pinceladas amplias y largas, más empastadas en unas zonas, como las nubes y menos en otras, como la escritura sobre la hoja blanca del libro.

 
Don Sebastian de Morra, 1645
Óleo s/lienzo,106x81.5cm.
Museo del Prado. Madrid

Velázquez introduce algunos símbolos destacados. De un lado, el traje de paño hace referencia a una buena posición social y su color verde es el usado habitualmente en las cacerías. A esa misma situación de privilegio hacen referencia el cuello y los puños de encaje que luce el bufón. Pero, de otra parte, los colores de oro y púrpura que aparecen en la ropilla son dignos de la realeza
El enano, que manifiesta una cierta hidrocefalia, aparece sentado sobre el suelo, con las piernas en escorzo, de tal manera que las suelas de sus zapatos quedan en primer plano, Los brazos se dirigen hacia las piernas, sobre las que se apoyan las manos, completamente cerradas.



La mirada de Don Sebastián es honda y se dirige hacia el espectador. La actitud general es seria y adusta, aunque el conjunto del personaje trasmite cierta tristeza y pesimismo, al tiempo que una inteligencia despierta y crítica.








El suelo y el fondo que cierran la composición son casi monocromos, aunque el pintor ha jugado con los efectos de la luz para generar el volumen que corresponde a la estancia. Toda la obra está realizada con la típica pincelada  velazqueña, que demuestra la gran capacidad técnica del artista.

 
Francisco Lezcano, El niño de Vallecas, 1636
Óleo s/ lienzo, 107x83cm.
Museo del Prado. Madrid

Este retrato del bufón Francisco Lezcano fue realizado por Velázquez para la Torre de la Parada, por lo que se debería fechar hacia 1636.
Vemos a la figurilla del enano sentado sobre una roca, con la pierna derecha extendida hacia el espectador - en un gesto del pintor por mostrarnos su dominio de los volúmenes -, las manos jugando con unas cartas.
El vestido, que no es en absoluto de mendigo, ofrece un aspecto de desaliño propio de la descuidada mentalidad del enano, cuya enorme cabeza se inclina ligeramente al sol, con apacible inexpresividad. Pese a su aspecto fue pintado por Velázquez con la belleza de una natural inocencia.

El fondo, en el que aparece la sierra madrileña, está realizado con una sorprendentemente soltura, al igual que el rostro, donde capta la personalidad del personaje aunque sea tonto, obteniendo sí cabe mayor mérito por su dificultad.



Don Antonio el Inglés, 1640-1645
Óleo s/ lienzo, 142x107cm.
Museo de Prado. madrid
 




Existen numerosas controversias alrededor de este bello retrato, tanto sobre el autor como sobre el personaje. Considerado como obra de Velázquez en los inventarios reales, hoy se considera sencillamente como obra del taller del maestro sevillano, sin concretar en su autoría.
El retrato representa a un enano o bufón de la corte elegantemente vestido con traje de color ocre y bordados dorados, con paños blancos de encaje en cuello y puños, el sombrero en una mano y espada al cinto, junto a una perra mastín casi de su tamaño para subrayar su pequeñez











La obra, de concepción velazqueña en su composición y al parecer inacabada, está ejecutada con pincelada suelta y pastosa a la manera de Velázquez pero con trazos más breves y descuidados de lo que es habitual en el maestro, las dos figuras se recortan sobre un fondo indeterminado




El bufón Calabacillas,1637-1639
Óleo s/ lienzo, 106.5x82.5cm.
Museo del Prado.Madrid


El bufón calabacillas, de mirada bizca, a quién Velázquez hizo más de un retrato a diferentes edades, aparece sentado en difícil postura sobre unas piedras de poca altura, con las piernas recogidas y cruzadas y frotándose las manos.
Delante tiene un vaso o pequeño barril de vino y a los lados una calabaza, pintada sobre una jarra anterior con su asa, y una cantimplora dorada que con frecuencia se ha interpretado como una segunda calabaza para forzar la identificación del personaje anónimo de los antiguos inventarios con el bufón llamado Juan Calabazas











Con su sonrisa estúpida y su gesto temeroso, es seguramente el más estremecedor de toda la serie. Es admirable la armonía de negros y pardos violáceos y la ligereza del pincel que, en algunos fragmentos, como en el rostro, llega a extremos que sólo en las obras últimas volveremos a encontrar.
Al fondo se adivina un rincón apenas dibujado. La sobriedad del colorido, la economía pictórica que respira todo el conjunto, la sorprendente expresión de idiotez bondadosa de la cara, todo le convierte en uno de sus mejores retratos, junto con el Pablillos.





Los bufones de Velázquez

En palacio residía una curiosa tropa de bufones, nutrida por enanos o discapacitados psíquicos. Su función en la Corte era distraer a los monarcas del tedio y la rutina de los asuntos del gobierno.

Animaban las jornadas de los reyes bien contando chistes, haciendo gracias o tonterías o interpretando escenas teatrales. Eran funcionarios de la corona y recibían un digno sueldo, que por lo menos les permitía comer, algo no tan fácil para muchos campesinos de la época.


La dignidad con la que fueron retratados por Velázquez no sólo honra su memoria, sino que enaltece a quién los pintó.
 
 
A pesar de sus litaciones, los enanos y bufones de Velázquez son también observadores insobornables del poder temporal. La fascinante energía que el artista sabe dar a su mirada y a sus ojos, significa que, desde el reino intermedio, son capaces de advertir, mejor que un cortesano normal,  la vaciedad de una sociedad que se cree superior. Este punto de vista intelectual permite comprender por qué existen semejanzas entre sus representaciones de seres marginados y sus cuadros de filósofos.
 


 
Por qué pinta Velázquez los bufones.






Es una pregunta con varias respuestas, como todas las verdaderas preguntas no unilaterales. En principio, aquí se nos muestra el otro Velázquez, por voluntad de sí propio. Pintor oficial de reyes, caballos fingidos, infantas, nobles, toda la Corte y su cortesanía, este hombre inalterable y culto en el oficio, pero consciente de su condición (que trata de remediar con la Cruz de Santiago y otras regalías), se decide espontáneo a pintar la espontánea vida, los monstruos humanos, deformes y meninas, harapos del vivir, que son la otra verdad de las cosas.
Velázquez, en fin, experimenta el tirón del mal, el mal de los orígenes, la nostalgia del lodo y del légamo, todo eso en lo que tanto abundó el Romanticismo (Velázquez es también aquí un adelantado).
Por otra parte, Velázquez, con sus seis o siete monstruos, está brindando a reyes y cortesanos un espejo y una lección, pues que ellos van de mejor ropilla, pero son tan caedizos, monstruizables y feos como sus «hombres de placer», o sea de ingenio, risa, diversión y vacación grotesca. Los nobles necesitan cerca a los bufones enanos y meninas, por mejor contrastar continuamente su propia altivez, perfección (relativa) y resplandores.


Pero Velázquez pinta un enano con la misma solemnidad, majestad e intención que si pintase una infanta o un príncipe. Está degradando indirectamente su pintura «noble». (Goya se atrevería más, después, y pintaría monstruos reales directamente). El «otro» Velázquez, en fin, se toma la revancha y venganza de su pintura de Corte entronizando bufones, y esto sí que es una bufonada o bufonería. En Las Meninas llega a mezclar lo uno y lo otro, he aquí otra razón más de que éste sea su mejor cuadro. En cuanto a modernidades, que todavía hay quien se las discute, Velázquez nos arroja a la cara la estética de lo feo, el feísmo, y de ahí vendrían luego Goya, Solana, Picasso, Nonell y tantos otros.
Nos abstenemos de decir que Velázquez fuera el precursor de ninguna revolución social o conciencia de clase, ni siquiera protagonista de una personal rebeldía interior contra sus señores, de los que comía y reverenciaba con «la sagrada frecuencia del altar». No se resigna a quedar como pintor de cortesanías. Pintando enanos y bufones escapa a encargos y desemboza innobles nobles, damas castañetas. Decadencia de España que empieza en su pintura."


Francisco Umbral, Los placeres y los días 

 








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