25 oct 2012

Calidades impresionistas, Velázquez

La dama del abanico, 1635
Óleo s/ lienzo 95x70 cm.
Colección Wallace, Londres
Reino Unido
 
Quizá sea éste uno de los retratos femeninos más atractivos de los pintados por Velázquez debido a la sensualidad con la que se representa a la modelo.
En el retrato de La dama del abanico va vestida «a la moda francesa», con sensual y amplio escote, tocada con un amplio velo negro que envuelve los hombros, un collar de azabache adornando su cuello, guantes blancos y un rosario de oro en la mano izquierda.

El rosario de oro con la cruz y la cinta azul con una medalla que cuelgan de la muñeca izquierda de la retratada otorgan un cierto toque de castidad a la imagen, obteniéndose una interesante mezcla de sensualidad y piedad que hace más atractiva la obra.


La figura de la dama se recorta sobre un fondo neutro, ampliando la gama de colores oscuros empleados. Sólo el color blanco de los guantes, el lazo azul y la puntilla del escote otorgan claridad a la escena, sin olvidar el fuerte fogonazo de luz que incide en el pecho de la mujer, acentuando así sus atributos femeninos. 

La pincelada es cada vez más suelta, trabajando Velázquez con un desparpajo que le sitúa a la altura de los grandes maestros del Renacimiento a pesar de contar con 40 años.
 
 

San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, 1635
Óleo s/ lienzo, 261x191,5cm. Madrid
España
 
 En este cuadro Velázquez cuenta la historia de la visita de San Antonio Abad a San Pablo, el primer ermitaño. Cuando ambos estaban hablando, un cuervo les trae la comida, lo que Velázquez muestra en primer plano.
 
Representar diferentes episodios en un solo lienzo no es muy frecuente en el Barroco por lo que el maestro debió de inspirarse en algunas estampas o escenas pintadas al fresco durante el Renacimiento.
Velázquez utilizó la luz como sutil recurso a la hora de representar y aislar tantos momentos diferentes en una misma composición.
El artista consigue una luminosidad totalmente novedosa, con una perspectiva muy amplia y un paisaje perfectamente captado, con ojos casi impresionistas gracias a la luz levemente azulada que emplea.
 

 
 

El príncipe Baltasar Carlos en el picadero, 1636
Óleo s/ tela, 144x 96.5cm.
Colección duque de westmisnster. Londres
Reino Unido
Un retrato de corte en el que aprovechando una clase de equitación al príncipe Baltasar Carlos, Velázquez  realiza un retrato colectivo de varios personajes de la corte.
A la izquierda, montado sobre un caballo en posición de corveta,  aparece el Conde Duque de Olivares recibiendo una lanza de manos del ayudante del príncipe.

La luz parece tomada directamente del natural por la sensación invernal que se obtiene, anticipándose al Impresionismo.











El fondo está ocupado por la fachada del Palacio del Buen Retiro, con un balcón en el que aparecen los padres del príncipe, Felipe IV e Isabel de Borbón junto con otros personajes no identificados.




Para el retrato de Isabel de Borbón, Velázquez dibujó un hermoso caballo que parcialmente queda oculto por la gualdrapa y el manto de la reina, lo que  obliga a fijar la atención en su parte delantera. Este hermoso caballo blanco camina al paso, mirando al frente y con unas crines que le tapan parcialmente la cara.
Isabel de Borbón a caballo,1635
Óleo s/ lienzo,301x314cm.
Museo del Prado. Madrid. España
 
 

 

Especialmente importantes son la cabeza del caballo, extremadamente elegante y realista y la de la Reina, muy expresiva, ejemplos del mejor arte de Vélázquez. 
Su técnica, rápida y decidida, contrasta con la minuciosidad del vestido y de la gualdrapa del caballo, se piensa que la  obra la iniciaría el maestro antes de irse a Italia en 1629, la continuaría otro autor en un estilo diferente y la finalizaría el sevillano en 1635, especialmente la cabeza de la reina y la del caballo.









Felipe IV, cazador, 1634-1636
Óleo s/ lienzo,191x126cm.
Museo del Prado. Madrid
Representa al monarca Felipe IV en traje de cazador, con un arcabuz en la mano derecha y acompañado de un perro, fue pintado entre 1634 y 1636, durante la etapa de mayor actividad del artista, al regreso de su primer viaje a Italia.
Lo más destacable del retrato  son los diferentes repintes que aparecen en el lienzo. Estos repintes no implican que el maestro tuviera dificultades a la hora de realizar sus obras, sino que trabajaba "alla prima" como se dice en italiano, al dibujar directamente sobre el lienzo, sin hacer ningún estudio preparatorio.

Es evidente la influencia de su estancia en Italia como demuestra en el interes por el espacio paisajístico y la perspectiva, así como en un enriquecimiento de las gamas de su paleta y una técnica de ejecución mas libre que la que caracteriza sus lienzos de años anteriores.

 

El rey lleva el cuello de encaje muy parecido al de su hijo Baltasar Carlos.
El príncipe Baltasar Carlos, de caza, 1635
óleo s/ lienzo, 191x103cm.
Museo delPrado. Madrid





Este  retrato, en el que  vemos al príncipe vestido de cazador acompañado por sus perros, fue realizado por Velázquez para la Torre de la Parada, junto a los retratos de su padre, Felipe IV, y su tío, el cardenal-infante Don Fernando.
Un cuadro aparentemente informal, en el que Velázquez ha creado una pequeña obra maestra.



 
El alto grado de acabado y la delicadeza de ejecución de las facciones del príncipe contrastan con las pinceladas extraordinarias, variadas y abiertas que definen a los perros y el paisaje.
El paisaje está representado por un roble que acompaña a la figura, el bosque del Pardo y al fondo la sierra  de Madrid.

Resulta admirable la evolución del estilo del sevillano, partiendo de una pintura inspirada en el Naturalismo Tenebrista de Caravaggio, ha alcanzado una luminosidad y una soltura sacadas del Barroco Italiano y de la Escuela Veneciana, sin olvidar la importante influencia que dejó Rubens en Velázquez.

 

 
Gracias a la aguda mirada del artista, los caballos han acabado ganándose un lugar propio en la Historia del Arte compartiendo protagonismo con el retratado. Son un personaje más, que Velázquez pinta con maestría.
“Caballo blando” es una pintura realizada con óleo sobre lienzo, que se llevó a cabo entre 1634 y fue hecha para tener como “repuesto” de una obra más importante, aunque posteriormente terminó siendo una excelente pintura que refleja las características del arte Barroco.
En esta obra de arte podemos apreciar un caballo blanco que se encuentra en una postura idéntica a l que monta el Conde-Duque de Olivares, en el retrato ecuestre que realizó el mismo pintor.




Uno de los ejemplares de retratos ecuestres que pintó Velázquez con destino al salón de reinos del palacio del Buen Retiro.

En esta escena la sensación de tercera dimensión está perfectamente conseguida a través de un paisaje casi impresionista , conseguido a través de bandas paralelas de color.

El monarca aparece representado de perfil, vestido con una armadura, bastón de mando y banda carmesí de general montando en un caballo bayo, un animal fuerte e inquieto.

 

 
Felipe IV a caballo,1634
Óleo s/lienzo, 30,5x317 cm.
Museo del Prado. Madrid
La sensación de lejanía del paisaje la logra el pintor con su perfección de siempre. Sobre los azulados montes, extiende los tonos plateados que iluminan el primer plano. La identidad de los tonos de los árboles, con los de la sierra y el cielo, hacen que esta obra sea una de las más logradas en lograr la “tercera dimensión”, destacando las pinceladas aligeradas de pasta, a base de pequeños y suaves toques que se adelantan en más de doscientos años a las de los impresionistas.



Arrepentimiento

 


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